Por Andrés y Charlotte Bock.
Como el mismo Freud lo planteó, en algunos países, por ejemplo, “el interés por el psicoanálisis partió de los hombres dedicados a las bellas letras”, extendiéndose así “sus múltiples aplicaciones a los campos de la literatura y la ciencia del arte, a la historia de la religión y la prehistoria, a la mitología, el folklore, la pedagogía, etc”. Así mismo a la inversa, pues la articulación del saber mediante el estudio de estas y, de muchas otras disciplinas, han sido siempre y, son “indispensables para brindar la representación correcta del valor y la esencia del psicoanálisis” (Freud, 2010b).
Freud, como gran erudito que era, estudiaba y articulaba las mencionadas disciplinas a su saber…la mitología, la historia de la cultura, la medicina, psicología de la religión, la literatura…enriqueciendo así al psicoanálisis en su desarrollo y método. De la misma manera, otros psicoanalistas como Jacques Lacan, quien dedicó su vida a estudiar e interpretar a Freud, se formó en las mismas asignaturas estudiadas por el padre del psicoanálisis, incluyendo otras más como la topología, la física moderna, la química, el teatro, la ópera, filosofía….e incluso el cine (Motta, 2013).
Freud, Lacan, Miller, Laurent, José María Álvarez entre otros grandes psicoanalistas, han considerado esta formación amplia y constante, como el fundamento básico que permite al analista estar a la altura de la época, es decir, del sujeto contemporáneo y su entorno. “Lo cual implica naturalmente, que esas otras prácticas o ciencias, sean también por lo menos conocidas por el analista, pues es común que el sujeto haya pasado por algunas de ellas buscando aliviar su padecer, antes de dedicarle un tiempo al análisis” (Yoany Rendon).
Retomando su pregunta general, sobre la diferencia entre el método psicoanalítico y las otras prácticas, lo primero con lo que queremos iniciar, es resaltando que, el psicoanálisis, como dice José María Álvarez, se nutre de dos enfoques principales. Del estructuralista y, del enfoque de lo singular. Que, si bien hay desacuerdos entre estos dos enfoques, el psicoanálisis procura integrar lo mejor del anterior en su método. Acá podría decirse que las otras prácticas no se ubican en el segundo enfoque, en lo singular.
En el enfoque estructuralista, la clínica de la mirada, el sujeto es pensado como uno más entre una gran multitud. Como un dato estadístico y uno más de la media (Miller, 2006). Su padecer es ubicado dentro de unas categorías diagnósticas generalizadas; queriendo decir con esto que cuando alguien expresa sentir a, b, c, d….., desde este enfoque uno puede tener una serie de “detalles, categoría y clasificaciones” muy generalizadas, que si bien ayuda a entender un poco, también “contribuye a tener cierta ignorancia con respecto a la experiencia íntima” del sujeto (Álvarez, 2020). En este enfoque, del “reino del cálculo, al aproximarse con cifras y medidas al campo del psiquismo”, hace emerger “al hombre sin cualidades” y, es allí justamente donde el psicoanálisis se ha situado en “el arte del uno por uno” (Miller, 2006). Pero “no del uno por uno de la enumeración, sino de la restitución de lo único en su singularidad, en lo incomparable” (Miller, 2006).
Partiendo de la anterior cita de Miller, estamos ahora en el segundo enfoque, el de la escucha, donde se ha situado el psicoanálisis; dándole cabida a lo singular del sujeto y su inconsciente. Desde acá se le da lugar a “la persona en su singularidad”, aquello “que lo reconoce y lo hace diferente a cualquier otro”, para entender eso que “le funciona y lo que no le funciona” en cada caso (Álvarez, 2020). Radicando acá, en el rescate de lo singular y lo subjetivo, una gran diferencia con las otras prácticas, que además en su mayoría atribuyen al malestar de muchos sujetos causas “orgánica”, “químicas”, “neuronales” (Gómez & De la Peña, 2022) ….. como si no se tratase más bien de asuntos del alma; y, cuya causalidad psíquica dista muchísimo de lo orgánico, pues se origina en lo subjetivo aunque dicha subjetividad tenga también una causa (Lacan, 2006).
Por ejemplo, personas que se reconocen enfermas y, tras la revisión de los órganos donde se manifiestan diferentes síntomas, estos se hallen en completa normalidad. Se les “aconseja interrumpir el modo de vida habitual, reposo, procedimientos vigorizantes, tónicos, y de ese modo se obtienen alivios pasajeros … .o no consiguen nada” (Freud, 2010c). El caso de alguien que “sufre de oscilaciones del talante que no puede dominar, o de una timidez irresoluta que le hace sentir paralizada su energía, pues no confía en hacer nada rectamente, o se corren con angustia ante los extraños” (ibid).
Sordo mudos que escuchan voces (Lacan, 2006); otros que tienen dificultades para llevar a cabo sus actividades profesionales y toma de decisiones de alta importancia; o quien “padeció un penoso ataque de sentimientos de angustia, y desde entonces no puede sin vencerse a sí mismo andar por la calle ni viajar en ferrocarril, y quizá debió renunciar a ambas cosas”; alguien cuyos “pensamientos marchan por su propio camino y él no puede guiarlo mediante su voluntad”; otros que saben que no han hecho nada malo a nadie pero experimentan un sentimiento intenso de culpa; músicos profesionales cuyas manos fallan a la hora de tocar el piano en el evento deseado; alguien que “cuando se propone ir a una reunión social, al punto le sobreviene una necesidad natural cuya satisfacción sería incompatible con la sociabilidad”; otra que “eventualmente vomitará toda la comida, lo que a la larga puede resultarle peligroso”, el lamentable hecho de que alguien “no soporte las emociones, imposibles de evitar en la vida. Con ocasión de ellas sufre desmayos, a menudo contracción muscular” (Freud, 2010c).
En fin, una larga lista que Freud nos ofrece para ejemplificar los casos, de muchos sujetos que “se enteran de que hay personas que se especializan en tratar esa clase de sufrimientos, y entran a analizarse con ellas”(Freud, 2010c). En esa instancia que se genera en el análisis, por ejemplo, “si nuestro paciente sufre de un sentimiento de culpa, como si hubiera cometido un crimen grave, no le aconsejamos hacer caso omiso de su tortura de la conciencia moral insistiendo en su indudable inocencia; él mismo ya lo ha intentado sin resultado. Antes bien, le advertimos que una sensación tan intensa y sostenida no puede menos que fundarse en algo efectivamente real, que acaso pueda descubrirse” (Freud, 2010c). Mediante eso que la famosa paciente de Freud ha denominado en el método psicoanalítico como “talking cure”.
Tal vez un ejemplo más contemporáneo, para situar esto de las atribuciones psíquicas a lo orgánico -químico -neuronal, es la comúnmente conocida depresión. Un diagnóstico que pareciese común en la actualidad, y, en especial, a una significativa cantidad de jóvenes que consultan prácticas como la psiquiátrica buscando un alivio a su malestar. A menudo se escuchan testimonios de sujetos que están o han estado durante años en tratamientos farmacológicos, movidos por la “esperanza” de “obtener” una solución a su malestar “orgánico – químico”. En estos tratamientos, se les hace además parte de “innovadores desarrollos de la industria farmacéutica”, cuyos nuevos medicamentos ofrecen la posibilidad de una participación “experimental” con promesas porcentuales de alivio. Alivio químico – encapsulado, que termina atando al sujeto a los mismos tratamientos, e incluso generando importantes cambios físicos como lo mencionan algunas personas en sus análisis. Quienes, además, reiteran que antes de llegar al análisis, “han tenido poca paciencia, poco tiempo y cierto temor de hablar y saber de eso que les duele”. Situación que conoce muy bien la industria.
Ya Freud, en 1937 había advertido esa imperiosa búsqueda de la inmediatez del alivio psíquico y, de “acompasar el tempo de la terapia analítica a la prisa norteamericana”. Pues bien, esta solución farmacéutica más contemporánea, tiene sus orígenes en la creación de la clasificación médica de las enfermedades mentales (Gómez & De la Peña, 2022). Tal como lo expone José María Álvarez, fue la respuesta de la APA (American Psychological Association) ante el dominio del psicoanálisis sobre la psiquiatría norteamericana en los años setenta. Una vez la APA había creado las enfermedades clasificables en los DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), ya estaba justificado el uso de los fármacos para el manejo de las “dolencias médicas, cerebrales y genéticas, exclusiva competencia de los psiquiatras a los que se les llamaba investigadores” (Gómez & De la Peña, 2022).
Inicia así, con la clasificación de las enfermedades mentales, una carrera al servicio de la industria farmacéutica y del capitalismo; acompañada de numerosos esfuerzos empresariales de mercadeo, con el fin de propagar a través de la prensa, radio, televisión, revistas académicas y libros de personajes conocidos, aquello de las bases genéticas de la depresión o de la neuroquímica de la dopamina (Gómez & De la Peña, 2022).
Así pues, como lo explica Álvarez, se había logrado imponer un modelo mercantilista que, en las últimas décadas, ha sido confrontado y se le ha requerido mostrar sus, así llamadas, “evidencias científicas” de los orígenes biológicos de dichas enfermedades; y, por otra parte, evidencia sobre la corrección que podía ser lograda a través de las medicinas psiquiátricas. Ni lo uno ni lo otro fue aportado, las famosas evidencias no existen y, se confirmó que el uso de estos medicamentos, empeora la situación a largo plazo (Gómez & De la Peña, 2022).
He aquí otra gran diferencia, entre las prácticas, en conexión con esa prontitud deseada y prometida. El psicoanálisis, así como el amor y el arte, no se lleva bien con la prisa. En una época, en la que el individuo está dominado por la inmediatez, parecería que el análisis fuese un “imposible” (Freud, 2012). Aun así, en la actualidad, también hay sujetos se toman el tiempo para saber, generando un encuentro con el método psicoanalítico, cuyo “vínculo analítico se funda en el amor por la verdad, es decir, en el reconocimiento de la realidad objetiva”, que “excluye toda ilusión y todo engaño” (Freud, 2012).
Tampoco se le atribuye perfección al psicoanálisis ni a los analistas, pues estos últimos no son más que “personas que han aprendido a ejercer un arte determinado y, junto a ello, tienen derecho a ser hombres como los demás” (Freud, 2012). Hay, empero, un punto esencial que le es exigencia fundamental al analista y que marca otra gran diferencia con las otras prácticas: “una medida más alta de normalidad y de corrección anímica”, que solo alcanza a través del “análisis propio” (Freud, 2012). Pues a diferencia de las cuestiones orgánicas, en las cuales, por ejemplo, un médico, podría tener una afección en uno de sus órganos mientras trabaja con su paciente, e incluso, especializarse en dicha afección. En cuestiones del alma, la subjetividad del analista y su inconsciente, de no ser objeto de un análisis riguroso, pueden llegar a estorbar en el trabajo con sus analizantes (Freud, 2012).
Ahora bien, en relación a la psicoterapia, procederemos con las palabras de Miller (2001): “se trata de un rótulo acomodaticio que acoge a las prácticas más variadas, hasta la gimnasia”. Se objetará sin embargo que hay prácticas de psicoterapia que al igual que el psicoanálisis, se apoyan en la palabra, se fundan en esta y en la escucha. Estas, sin embargo, son un fenómeno de semblante (Miller, 2001). Hay importantes diferencias que puntualiza Miller. La primera, el deseo del analista que opera en el psicoanálisis y, que no es así en las otras prácticas. El analista y su deseo “se establece sobre el rechazo del auditor-intérprete a utilizar el medio de su omnipotencia supuesta, identificatoria. El deseo del analista es esta abstención misma y abre a un trayecto más allá” (Miller, 2001); otra gran diferencia es que la psicoterapia no se plantea la cuestión del goce, lo que hace que esa supuesta omnipotencia de quien escucha se preserve. “En la psicoterapia se eludirá lo que cuestiona la omnipotencia del Otro. Se preservaría su consistencia, mientras que lo característico de la posición analitica, que abre al psicoanálisis propiamente dicho, sería admitir la cuestión del goce, no hacer consistir al Otro” (Miller, 2001).
Resta decir que, el psicoanálisis, es un método que cree en el deseo del sujeto. Una defensa frente al goce (Lacan, 2019), la fuerza que se opone a la pulsión de muerte, concepto que, además, es comúnmente rechazado en otros ámbitos.
Bibliographía.
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Freud, S. (2012). Análisis terminable e interminable (1937). In Sigmund Freud Obras Completas XXIII. (1937-1939). Amorrortu Editores.
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Gómez, C., & De la Peña, J. (2022). Las Heridas del Alma. Conversaciones con José María Álvarez un Psicoanalista del Siglo XXI. Xoroi Edicions.
Lacan, J. (1981). The Four Fundamental Concepts of Psychoanalysis. The Seminar of Jacques Lacan / Book XI. Edited by Jacques-Alain Miller. Norton.
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Miller, J.-A. (2006). La era del hombre sin atributos. Virtualia, Revista Digital de La EOL.
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