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“Una nota sincera sobre mi proceso”

Este artículo es escrito por Sergio Zuluaga.

Desde hace 15 años (hoy tengo 44), algunos episodios de ansiedad me llevaron a buscar ayuda y entender que esos miedos exacerbados, que surgen por anticiparse a ciertas situaciones de la vida, deben gestionarse. En ese camino, rápidamente entendí que la psicología basada en técnicas repetitivas, tareas emparentadas con lo que hoy se conoce como coaching o discursos de autosuperación personal, no eran para mí. Fue así como comencé a frecuentar a un profesional de la psicología afín al psicoanálisis e inscrito, según me explicó, en una corriente postfreudiana. Al tratarse de un malestar episódico, de acuerdo con mi visión de ese entonces, no hubo nunca un diálogo sostenido en el tiempo de más de dos o tres conversaciones seguidas. Conversábamos del temor imperante en determinado momento de la vida, con base en mi historia personal y el contexto de los hechos que detonaban mi angustia.

Puedo decir que aquellas conversaciones fueron muy importantes en la medida en que pude contar el relato de mi vida, para entender algunas fuentes primordiales de angustia y para que surgieran preguntas que han impulsado mi autoconocimiento. No obstante, visto en perspectiva y desde mi falta de conocimiento teórico, me queda la pregunta de si lo postfreudiano entraña cierta flexibilidad que me impidió “viajar hasta el fondo”. Poco a poco, ante la tregua de angustias agudas o muy conscientes, dejé aquellas conversaciones.

Así transcurrió mi vida hasta que, a inicios de 2025, se instaló en mí algo relativamente nuevo. Aunque reconozco cierta melancolía reinante en mi ser, nunca el sentido de la vida me había reclamado de tal manera que se impusiera como una tristeza constante o falta de motivación. El “para qué” de la existencia se abrió como una pregunta punzante que, paradójicamente, se cerraba en su propia contundencia: no podía, o no quería, emprender aquel camino de indagar más en mí para abordarla. La tristeza, mezclada con inmovilidad, dio paso a los conocidos episodios de ansiedad y me vi envuelto en lo que podría denominarse una crisis emocional.

Por primera vez, entonces, contemplé la alternativa de buscar recursos en la psiquiatría y lo hice con muchas prevenciones. Es entrar en otra lógica, tal vez mucho más esquemática y que, reconozco, despoja al paciente de su singularidad: un diagnóstico de ansiedad y depresión que surge como resultado de una conversación de 30 minutos y un tratamiento estandarizado basado en una realidad bioquímica que se impone a lo dialógico y lo humano, propiamente dicho. Pero, igual, tengo que reconocerlo: la angustia disminuye de manera considerable. Esta última afirmación, también es cierto, requeriría muchas notas al pie que me aventuro a condensar en la intuición de que, si dicho tratamiento pasa de ser temporal a permanente, la vida puede convertirse en una evasión perpetua que borra los claroscuros y tiende a invisibilizar la singularidad.

Por recomendación del mismo profesional de la psiquiatría que me trata, y con la intención de que el tratamiento sea temporal, busqué una alternativa diferente y llegué donde el analista Yoany Rendón. Tras un ciclo de diez análisis y el inicio de un segundo ciclo, siento que he recuperado mi deseo de emprender el camino con mis propias herramientas. Desde los primeros encuentros, el concepto de “estructura”, que según entiendo hace parte de la corriente lacaniana del psicoanálisis, me ha permitido visualizar algo así como una columna vertebral del relato de mi vida: la imposibilidad de traicionar al padre, la identificación con ciertos semblantes, la búsqueda de lo imposible como fuente de angustia y goce y, en últimas, como negación de la vida, aparecen ahora como partes constitutivas de esa estructura que debo reconocer para mirar de frente y “seguir viviendo, más vivo”.

Algo fascinante que ha pasado durante este análisis es que, al tiempo que la conversación va arrojando nuevas ideas, el inconsciente se manifiesta en los sueños, formando un metarrelato simbólico que va decantando deseos y, aunque pueda sonar paradójico, claridades. Es como tener acceso, por primera vez en la vida, al lenguaje del deseo. Y lo simbólico, antes que ocultar dicho deseo, lo acota y lo vuelve diáfano. En poco tiempo, algunos sueños me han mostrado, incluso, que la embarcación y el viento están alineados para llegar a buen puerto.

Infiero que esta corriente de psicoanálisis, por otro lado, no promueve que el analista sea complaciente con quien se analiza, en el sentido de que no evita confrontarlo, enfrentarlo al silencio incómodo o transitar más de una vez por terrenos pedregosos. Siento que es la única manera de que la conversación no sea siempre un relato épico con giros dramáticos premeditados, al mejor estilo aristotélico, sino imperfecta; y que en esa imperfección deje expuesta la singularidad de quien se pregunta por su vida.

Un último aspecto que quisiera resaltar de mi caso particular es la dosis de vitalidad que este análisis ha motivado en el plano de mi gusto por el mundo de las ideas y los libros, que tenía abandonado desde la crisis señalada en estos párrafos. El psicoanálisis en sí mismo, como materia de estudio, ha suscitado un gran interés en mí, al punto que me he integrado a espacios de estudio y divulgación en los que me ha gustado mucho practicar lo que llamo “turismo intelectual” alrededor de una materia sobre la que conozco muy poco.

Asimismo, se ha incrementado mi motivación por la lectura en general y por fortalecer iniciativas propias de promoción de la lectura y la escritura que venían de tiempo atrás: un grupo de escritura creativa con personas mayores, un club de lectura semanal en el municipio donde vivo y un blog que creamos varios amigos donde reseñamos creativamente procesos individuales de lectura.

Para más información sobre el grupo de escritura creativa o el club de lectura, se pueden poner en contacto con Sergio +573127762003. Enlace de acceso al blog: https://lesapomagacin.com/.