Acerca de la causalidad psíquica – Jacques Lacan
Presentación realizada en el seminario sobre las Enseñanzas de Lacan.
Introducción.
El artículo de Jacques Lacan versa sobre su presentación en aquel congreso de 1946 al que fue invitado por su amigo Henri Ey, psiquiatra francés. El tema propuesto por Ey: psicogénesis.
Algo sobre lo cual, unos años más tarde en su Seminario 3 La psicosis (1955-1956), Lacan diría: “el gran secreto del psicoanálisis es que no hay psicogénesis. Si la psicogénesis es esto, es precisamente aquello de lo que el psicoanálisis está más alejado” (1).
Unos párrafos más adelante, en el mismo seminario, se podría leer como: una práctica orientada desde la psicogénesis, deja de lado al sujeto; concentrándose en el individuo como organismo, “algo objetivable, un campo suficientemente limitado”. Dice Lacan que “otra manera de expresar las cosas, que va más lejos aún, es decir que lo psicológico, si intentamos ceñirlo de cerca, es lo etológico, el conjunto de los comportamientos del individuo, biológicamente hablando, en sus relaciones con su entorno natural”(2).
Se trata, en psicoanálisis, de algo más. “La enseñanza freudiana, (…) hace intervenir recursos que están más allá de la experiencia inmediata, y que en modo alguno pueden ser captados de manera sensible. Allí, como en física, no es el color lo que retenemos, en su carácter sentido y diferenciado por la experiencia directa, es algo que está detrás, y que lo condiciona”(3).
Algunos años más tarde, refiriéndose a ese tipo de prácticas que dejan el sujeto por fuera, diría en Posición del inconsciente en sus Écrits, son el “vehículo de ideales: la psique no representa en ella más que el padrinazgo que hace que se la califique de académica. El ideal es siervo de la sociedad” (4).
Ahora bien, en su presentación Acerca de la causalidad psíquica, Lacan se opone a la teoría de su amigo, Henry Ey. Quien, al parecer, sirviendo de vehículo de dichos ideales, elabora su teoría organicista de la locura. En el mismo congreso, Lacan sintetiza su elaboración acerca de la causalidad psíquica.
Iniciamos.
Antes de adentrarnos en el trabajo de Lacan, iniciaremos esta presentación retomando el concepto de defensa. Nos remitiremos al trabajo del psicoanalista José María Álvarez, quien en su obra Estudios de psicopatología patológica (5), nos da claridad sobre este concepto, tan esencial para el psicoanálisis como para toda la psicopatología. Algo que por lo demás, resuena con la presentación acá llevada a cabo.
Hablar del mecanismo de defensa, nos remite directamente a las estructuras clínicas como categorías que permiten acercarnos las experiencias de los sujetos, bien sea los llamados neuróticos (normalidad), los psicosis (locura) o perversión.
Siguiendo a José María Álvarez, de una clínica guiada por estas categorías, se pueden entrever algunas características que ayudan al clínico en su labor. Citamos directamente las palabras del autor para mayor claridad:
«De seguir esta propuesta, elegiremos una categoría clínica que detalle los signos morbosos y su jerarquía (semiología clínica), que sea precisa desde el punto de vista descriptivo (nosografía), que proponga una articulación entre las manifestaciones clínicas y los mecanismos psíquicos que las conforman (patogenia), que diga algo coherente y fundamentado sobre la causa (etiología), que aporte una explicación cabal sobre esa alteración y delimite las diferencias con otras (nosología)» (6).
Ahora bien, al mencionar las categorías clínicas como ilación de esta introducción, se pretende establecer la conexión lógica entre mecanismo de defensa emprendido por el sujeto y dichas categorías o estructuras clínicas.
Al decir, mecanismo de defensa emprendido por el sujeto, se está sugiriendo que el sujeto hace una elección. Así lo planteaba el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, al hablar de Neurosenwahl (7) – la elección de neurosis, en su Selbstdarstellung – Presentación autobiográfica. Es decir, el sujeto es libre y sobre todo responsable. Algo que se verá en la exposición del articulo de Lacan que trabajaremos acá.
De lo anterior que Freud haya superado con creces los esfuerzos anteriores con la novedad introducida con su obra. Dice José María Álvarez que, «su manera [la de Freud] de dotar de unidad a las categorías o estructuras clínicas consistió en desentrañar los mecanismos psíquicos genéricos que daban cuerpo a las manifestaciones y en mostrar las vías que seguían los síntomas en su proceso de formación» (8).
De lo anterior nos dice José María Álvarez, Freud, descubrió las formas de funcionamiento mental, que conformaban dicha sintomatología. A esos movimientos los denomino modalidades defensivas, cuyas maniobras subjetivas permiten cierto apaciguamiento al sujeto, y cierto equilibrio ante el empuje pulsional.
Esta acción defensiva emprendida por el sujeto, «se ejerce contra una representación o serie de representaciones incompatibles, dolorosas e inasimilables. Se trata, por tanto, de una estrategia defensiva cuyo resultado final determina un tipo de funcionamiento mental e implica la instauración de una variedad concreta de patología psíquica»(9).
Se trata, en palabras de José María Álvarez, de una estratagema para mantenerse en cierta ignorancia, de la cual «dependerá el tipo de estructura psíquica en la que se cobije, lo que implica una manera particular de relacionarse con ese motor de la vida que es el deseo y, además, origina síntomas específicos». Así mismo como el posible fracaso de la defensa y el retorno al sujeto de eso, sobre lo cual, ha preferido no saber (10).
Acá el concepto de libertad, desde psicoanálisis, se convierte en algo fundamental. Pues es una libertad que no está de entrada, sino que es una libertad a conquistar como dice José María Álvarez. Libertade que Lacan también atribuye al sujeto en su elección por la locura y como algo que no ha conquistado debido a la inmediatez de sus identificaciones.
Se pone así de entrada a la defensa como una decisión subjetiva y, por ende, responsabilidad del sujeto, sobre la cual, gracias a Freud, «la locura dejó de considerarse una enfermedad similar a las demás y empezó a entenderse como una defensa que algunas personas necesitan. De ahí partieron los primeros tratamientos psicológicos cabales, coherentes y afianzados en una luminosa teoría, en general bastante bien establecida» (11).
A diferencia de la Neurosis cuya defensa es la Verdrängung, la psicosis o locura (Verwerfung) es una defensa más radical, que en no pocas ocasiones lleva al sujeto al sumergirse en la soledad. Considerar la «locura como una defensa y deriva en que el trato con el psicótico y el tratamiento de la psicosis dependen directamente de esa visión» (12). Allí, el cometido del clínico «consiste en tenderle una mano», pues por ejemplo en el campo del delirio, el análisis enseña que «detrás de esas ideas, tan raras como amadas, alguien bracea para aferrarse a la vida» (13).
1. Critica de una teoría organicista de la locura
Lacan inicia recordándole a Henri Ey que si bien tuvieron inicios juntos en los que defendían posiciones epistemológicas similares, para aquel congreso, en las Jornadas Psiquiátricas de Bonneval el 28 de septiembre de 1946, la situación no era la misma.
De hecho, refiriéndose a la publicación de Ey en L’Encéphale de 1936, le dice que, «todo cuanto lo acercaba [a Henri Ey] y debía acercarlo cada vez más a una doctrina de la perturbación mental que considero [Lacan] incompleta y falsa y que se designa a sí misma en psiquiatría con el nombre de organicismo» (14).
La teoría apuntalada en el órgano-dinamismo de Henri Ey, según Lacan, descansa en el esfuerzo por «expresar la forma de una relación entre función y variable», como constituyente del determinismo en cuanto a la génesis de la perturbación mental.
Por lo que el órgano-dinamismo, se empeña bajo la concepción de una necesidad, en encontrar evidencias en las «condiciones químicas, anatómicas, etc.” del proceso cerebral generador, específico de la enfermedad” mental, o incluso “las lesiones que debilitan los procesos energéticos necesarios para el despliegue de las funciones psíquicas”» (15).
Es en ese punto cuando Lacan cita el ejemplo de aquel enfermo, que, como resultado de una lesión, tenía un daño una zona del cerebro encargada de procesar la información visual. Que a pesar de ver objetos, no podía comprender que eran o que significaban.
Sin embargo, el enfermo, dice Lacan, podía recordar con nostalgia algunas “especulaciones religiosas y políticas, que se le han prohibido”, logrando alcanzar algunos objetivos que ya no comprender, aferrado “al stock del lenguaje para superar algunos de sus déficit agnósicos”. Acá le pregunta Lacan a Ey, en que distingue a ese enfermo neurológico, de un loco. Dándole a entender que el enfermo estaba llevando a cabo una construcción lógica.
Como lo explica José María Álvarez, lo que propone Henri Ey es un modelo de «desintegración funcional según el cual los trastornos mentales aparecerían como resultado de descompensaciones o disoluciones del “cuerpo psíquico en el que el ser consciente constituye la forma”. En esta orientación órgano–dinámica, tan querida por la psicopatología psiquiátrica, la patología mental es concebida como una combinación de signos negativos o deficitarios, traducción inmediata de la afectación orgánica, y signos positivos de liberación de las funciones inferiores y arcaicas» (16).
Recordemos la defensa. Con lo anterior, para citar un ejemplo y siguiendo de nuevo las palabras de José María Álvarez en cuanto al polo esquizofrénico de la psicosis. Henri Ey, prefiere estar situado “en el mecanicismo radical”, mientras que la concepción freudiana, “le parece inaceptable, repugnándole hasta la indignación que la causalidad psíquica pretenda extenderse a las esquizofrenias” (17).
Para Ey, «“las enfermedades son insultos y trabas a la libertad, no están causadas por la actividad libre, es decir, puramente psicogenéticas”». Un avistamiento del determinismo propuesto por su teoría, al cual unas líneas más adelante Lacan le respondería haciendo alusión al inconsciente.
Lo hace con las siguientes palabras y, con cierto tono burlesco: “Mi inconsciente me lleva con la mayor tranquilidad del mundo a disgustos a que no pienso en ningún grado atribuirle, al menos hasta que me haga cargo de él por los refinados medios del psicoanálisis”. Planteando acá entre líneas, un determinismo inconsciente.
Al mismo tiempo le recuerda que en una articulación del psiquismo, como la que Ey propone, entre la creencia y un ideal, se pone en marcha “un programa vital tan repugnante con respecto al juicio lógico como con respecto a la conciencia moral, para producir un fascista y a veces, más sencillamente, un imbécil o un ratero”.
Lacan continúa aduciendo que tanto la propuesta de Ey como los debates sostenidos en dicho congreso, a pesar del aparente rigor intelectual y calidad dialéctica, carecen “el carácter de la idea verdadera”. Cuestión de la verdad que “condiciona en su esencia al fenómeno de la locura y que, de querer soslayarlo, se castra a este fenómeno de la significación con cuyo auxilio pienso mostrar [Lacan] que aquél tiene que ver con el ser mismo del hombre” (18).
2. La causalidad esencial de la locura
Lacan establece cierto rol indisoluble de la creencia como resorte en la alucinación y el delirio. Algo que hace Ey, si bien en sus inicios le consideraba resorte esencial de ambos fenómenos, termina disolviendo posteriormente la noción de creencia en la del error. Ey llega a hacer de fenómenos como la alucinación una sensación anormal, «“el error fundamental” del delirio», « “un objeto ubicado en los pliegues del cerebro”».
De lo anterior, Lacan le recuerda a Ey, que, si bien se podría decir que el error es un déficit, de la creencia no se puede decir lo mismo, este no es el caso. “La creencia puede extraviarse en lo más alto de un pensamiento sin declinación”. Es decir, como lo ejemplifica Ey con sus atribuciones anteriores.
Es en ese punto que Lacan vuelve a mencionar que estos son fenómenos que le incumben directamente al sujeto, que, al no tener medio alguno para expresarlos, se traducen en su perplejidad; como hiancia interrogativa no separable del registro del sentido.
O en otras palabras: “el fenómeno de la locura no es separable del problema de la significación para el ser en general, es decir, del lenguaje para el hombre”(19). Del cual en su seminario 3 diría: “En la perspectiva freudiana, el hombre, es el sujeto capturado y torturado por el lenguaje”(20).
Según José María Álvarez, una de las máximas “del pensamiento lacaniano, según la cual el hecho primero es el significante y el sujeto su efecto, o también, que el sujeto del lenguaje es previo al sujeto de la idea”(21).
A continuación, vuelve Lacan sobre su tesis doctoral, el caso Aimée. Para el cual ha demostrado como con esa entidad clínica que llamó paranoia de autopunición. La paciente por otra parte era la figura central de sus creaciones novelescas, que el mimo Lacan pudo estudiar de cerca.
“Va a golpear con asesina intención a la última de las personas en las que ha identificado a sus perseguidoras, y ese acto, tras el plazo necesario para la toma de conciencia del alto precio que paga en la abyección de la cárcel, tiene por efecto la caída en ella de las creencias y los fantasmas de su delirio”(22).
En otras palabras, termina atacando su propia imagen idealizada en el espejo. «En el objeto al que golpea no es otra cosa que el kakón de su propio ser».
Hay acá algo que debe rastrearse por el lado de la inmediatez de dicha identificación, «para decirlo de una vez, la infatuación del sujeto». Es una identificación, sin mediación, donde se inscribe nada más ni nada menos que la significación. Algo que Ey ha dejado de lado, reduciéndolo a su determinismo orgánico.
Acá es la identificación como eso que pone en marcha los engranajes de la locura. «Porque el riesgo de la locura se mide por el atractivo mismo de las identificaciones en las que el hombre compromete a la vez su verdad y su ser».
Con lo anterior, plantea Lacan que «lejos, pues, de ser la locura el hecho contingente de las fragilidades de su organismo, es la permanente virtualidad de una grieta abierta en su esencia. Lejos de ser “un insulto” para la libertad, es su más fiel compañera; sigue como una sombra su movimiento. Y al ser del hombre no sólo no se lo puede comprender sin la locura, sino que ni aun sería el ser del hombre si no llevara en sí la locura como límite de su libertad. Identificaciones y locura».
Así pues, Lacan, al igual que Freud, también atribuye a la causalidad de la locura a “esa insondable decisión del ser en la que éste comprende o desconoce su liberación, hacia esa trampa del destino que lo engaña respecto de una libertad que no ha conquistado”.
3. Los efectos psíquicos del modo imaginario
Acá se instaura a partir del estadio del espejo esa discordancia ente la realidad y el ideal. Donde se puede ver un poco más claro eso de las identificaciones inmediatas, a través de la función de la imago, esa relación de la realidad con el organismo.
Lacan recuerda que «la ciencia confunden tranquilamente al Yo con el ser del sujeto, podemos desde ahora ver dónde nos separamos de la concepción más común, que identifica al Yo con la síntesis de las funciones de relación del organismo”. Es decir, dejando por fuera su subjetividad». Mientras que ese sujeto “Yo no es un ser, sino algo supuesto a lo que habla” (23) en el sujeto. Es decir, su inconsciente.
En este punto, Lacan elabora uno de sus primeros acercamientos a su teoría del espejo iniciando con la prematuración del ser humano y la anticipación que tiene la estructura de una identificación a la imagen.
Se vale Lacan acá de fenómenos de transitivismo para mostrar como por ejemplo, los niños que aducen haber sido golpeados al ver que otro niño recibe el golpe. De esas identificaciones ideales, es que se conforma el Yo, comprensible solo a través de su estructura imaginaria. Teniendo así que el primer efecto de la imago es un efecto de alienación del sujeto.
Le da fundamento una forma de causalidad, que es la causalidad psíquica misma: la identificación.
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Bibliografia:
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