Escrito correspondiente a la presentación de la causAbock realizada el día 11 de enero de 2025.
Citaremos las palabras y el ingenio del psicoanalista Jacques Lacan, quien en su seminario del año 1954-1955, hace uso del cuento escrito por Edgar Allan Poe: “la carta robada”, no precisamente para responder a la misma pregunta, pero si usando las palabras que serán acá citadas a manera de respuesta.
La carta robada – Por: Edgar Allan Poe, resumen.
París otoño del 18. Mientras dos detectives disfrutaban de un prolongado silencio y a dar caladas a sus pipas, son interrumpidos por la llegada del prefecto de la policía parisina Monsieur G. La visita sorpresiva de este personaje, a quien estos dos distendidos policías no habían visto en años, tenía como motivo el querer consultar la opinión de Dupin, acerca de una cuestión a la que G se refería como algo oficial que les estaba causando grandes inconvenientes. Dicha cuestión, a la que además se refería como algo cuya solución parecía demasiado fácil y obvia, no lograba solucionar siendo la causa de su inconformidad.
G procede relatando a los dos policías, en especial dirigiéndose a Dupin, que un documento, más exactamente una carta de alta importancia, ha sido robada de las dependencias reales. Resaltando que el individuo que ha cometido el hurto es además un personaje conocido, a quien la posesión de aquel documento le daba cierto poder, “pues la divulgación de su contenido, a una tercera persona que no debía ser nombrada, pondría en cuestión el honor de un personaje de la más exaltada posición”.
El poder que este ladrón, identificado como el ministro D, tenía sobre dicha persona, radica además en el hecho de que esta última, tenía conocimiento tanto del robo como de su ejecutor, lo cual la dejaba a ella a merced del ministro. Aunque el cuento lleva una trama en la cual no se revela directamente de quien se está hablando, se puede leer en el contexto que las personas en cuestión en la escena narrada a continuación involucraron a la reina, el rey, el ministro y la misma carta.
Todo había ocurrido mientras ella, la reina, sorprendida ante la inoportuna entrada a la habitación de aquel personaje a quien el contenido del documento no podía ser revelado, el rey, se las arregla con astucia dejado sutilmente la carta abierta y visible sobre una mesa, en un acto de normalidad absoluta como para no despertar ninguna sospecha. Por su parte, el ministro D, personaje inescrupuloso, quien además llega a la escena unos minutos más tarde, divisa la carta, reconoce la escritura de la dirección y observa la confusión de la reina sondeando su secreto. Acto seguido, en medio de la conversación en la que los allí presentes estaban envueltos, el ministro D se las ingenia para reproducir una carta, ponerla en la mesa al lado del documento en cuestión, intercambiando y haciéndose así con la carta y su mensaje. Dejando en su reemplazo un documento sin importancia alguna.
La situación se encontraba a tal punto, que la posesión del documento, había sido utilizado para manipular y adquirir beneficios con altos propósitos políticos. Dejando claro que la posesión del documento y no el emplazamiento de la carta confería un poder a su poseedor, quien al parecer estaba encontrando el camino para su beneficio. Por este motivo, la mujer con premura de recuperar el documento había pedido de manera discreta ayuda al prefecto para su recuperación.
No obstante, G se remitió a Dupin, pues no lograba su cometido de ayudar a la reina a recuperar lo que le fue robado; a pesar de que usaban las más avanzadas técnicas y rigurosos procedimientos policiales. El prefecto dando cuenta a Dupin de lo hasta ahora efectuado, comenta cómo se han filtrado en el hotel donde reside el ministro D, donde estos acertadamente suponen, D tenía la carta. A sabiendas de su forma de actuar y de sus ausencias nocturnas y, aprovechando que los empleados del hotel al parecer eran buenos durmiendo y bebiendo, se habían logrado filtrar a las instalaciones en varias ocasiones para la minuciosa búsqueda.
Con los más avanzados microscopios han inspeccionado los muebles, sillas, mesas, paredes, laminados, pinturas, el techo, cada esquina y posible lugar donde el más mínimo espacio podría albergar dicha carta. Se habían perforado incluso los muebles y las almohadas con las más finas agujas buscando hallar recamaras diseñadas para tal fin. Se aduce que incluso los libros de la biblioteca han sido inspeccionados. Dupin quien conoce muy bien de las altas capacidades técnicas y el riguroso método empleado por la policía parisina, no tiene más solución que recomendar al prefecto G una nueva inspección.
Entre las risas producto del desconsuelo, Monsieur G se despide asegurando de nuevo que la más avanzada e intensa búsqueda ha sido llevada a cabo, indicando que un nuevo intento no arrojaría un resultado diferente. Antes de partir, el prefecto respondiendo la pregunta de los dos policías, procede a dar la descripción que él tiene de la carta, detallando su apariencia interna y, deteniéndose un poco más a describir cómo esta se ve por fuera.
Meses después G regresa al mismo sitio donde había encontrado a estos dos policías en aquella ocasión cuando acudió en busca de un consejo. Los dos detectives, que de nuevo se dedicaban a dar caladas a sus pipas, lo reciben no sin preguntar por actualizaciones sobre aquel asunto de la carta. A lo cual el prefecto respondió, sin ocultar su decepción ante el fracaso. A pesar de haber hecho caso al consejo de Dupin y haberse embarcado de nuevo, junto con la policía parisina, en una nueva y exhaustiva búsqueda con los más rigurosos métodos, no logró obtener ningún resultado.
Con énfasis resalta G, que el fracaso en la búsqueda ha incrementado el valor de la recompensa ofrecida por la mujer desesperada por encontrar la carta. Señalando, además, que la cuantía es tan alta que podría pagar 50.000 Francos, si alguien le llevara con su paradero. A lo que Dupin, no sin antes realizar un par de provocativos comentarios, le propone firmar un cheque con esta cuantía y acto seguido le sería entregada la carta. En un silencio profundo, el prefecto hace caso a la sugerencia de Dupin, firma el cheque y acto seguido recibe la carta que el detective le entregó como intercambio por el cheque. Dejando tanto a su compañero como al prefecto boquiabiertos y sin palabras. Se retira del lugar entre tambaleos el prefecto, quien no logra articular ni una sílaba para despedirse, escasamente consigue ponerse en movimiento para esfumarse del lugar con la satisfacción de poseer el documento.
Dupin, para sacar a su compañero del asombro, procede a compartir con él los detalles del hallazgo. Primeramente, señala que nunca dudo de las capacidades técnicas de la policía parisina, de sus exhaustivos métodos de búsqueda y tampoco de la rigurosidad de los métodos implementados. Pero había en este proceder algo que no había sido tenido en cuenta y que requería un poco más que simples aparatos y métodos: la capacidad de entender al personaje en cuestión, al ministro D. De poder vislumbrar quién era, de indagar por su conocimiento y de comprender como este podría no sólo anticipar los movimientos de la policía, pues conocía los métodos, sino de actuar bajo sus propias consideraciones y escabullirse en su cometido.
Dupin deduce así que la carta debía efectivamente encontrarse en el hotel del ministro D y, que, debido su importancia, debía estar al alcance de este. Por lo cual, inventando una razón para visitar a D para discutir un asunto de su interés, se filtra ante los ojos del personaje en su guarida y visualiza donde este ha ubicado el documento. Precisamente en un lugar visible, tan visible como para no levantar sospechas que se trataba del documento en cuestión. D sin embargo, había realizado modificaciones a la carta. Se había transformado en el receptor de esta, había cambiado el sello con el que se cerraban las cartas en aquella época, e incluso antes de ponerla en una de las repisas visibles en su estudio, la había arrugado como si se tratase de un documento sin importancia alguna. A lo que Dupin atribuye un aspecto tan normal, que sus detalles se han convertido en excesivos identificando como su objetivo.
Al día siguiente regresa a la casa del ministro con la excusa de haber dejado algo de su pertenencia el día anterior. En ese momento se presenta un altercado en la calle de un nombre que dispara un fogonazo frente a una muchedumbre. Posteriormente el hombre sería tomado por loco o borracho quedando en libertad, pues era además un personaje pagado por el mismo Dupin. El evento logró llamar la atención del ministro, distrayéndose y dándole la oportunidad a Dupin para hacerse con la carta y pagar con la misma moneda. Suplanta el documento con otra carta sin importancia y se ausenta del lugar habiendo cumplido con su objetivo. Había recuperado la carta de aquella mujer, mereciendo así su recompensa.
27 de abril de 1955.
Jacques Lacan, en su seminario: “El Yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica”, recurre a esta historia aludiendo a la responsabilidad que tiene el psicoanalista, frente a estos que a donde él llegan queriendo saber sobre su verdad. Esta es, la de ayudar a recuperar la carta y devolverla sin interesarse por poseerla y menos su mensaje.
Lacan, al referirse a la historia de Poe, dice que para todos por quienes este documento pasó “la carta es su inconsciente. Es su inconsciente con todas sus consecuencias” (pág. 197). Es el inconsciente en el sentido en que define la carta como la “palabra que vuela”. Ya en otra ocasión había atribuido a la palabra un efecto en la conformación del inconsciente del sujeto y la determinación de su mismo estado como sujeto (Lacan, 1981). Pues él también comprendió a través de Freud quien en su descubrimiento sobre el inconsciente, la relación de este último y la experiencia del sujeto, vivida a través del lenguaje. Un ejemplo claro de esto, puede ser leído en “La interpretación de los sueños de 1900”. Allí Freud hace un claro énfasis en la separación de la imagen y la palabra. Atribuyendo a esta última y no a las imágenes presentes en el sueño, el contenido de eso que genera un significado único para el paciente y, que Lacan llamaría significante.
La carta robada en la historia de Poe, dice Lacan, “no tiene el mismo significado en todas partes, es una verdad, para no ser divulgada. Tan pronto como es puesta en el bolsillo del ministro, ya no es lo que antes fue, sin importar lo que esta había sido” (pág. 198). Pudiendo leer entre líneas, que el mensaje en la carta, solo podría tener un significado para quienes en aquella habitación se encontraban previamente a la llegada del ministro y de su hurto. Para el rey, a quien no debía ser revelada y para la reina quien sagazmente ocultó su contenido al dejar en lo “real” el documento.
Con lo que se puede además decir en otras palabras: que eso que se esconde en esta historia no es la carta como tal, pues como dice Lacan: “en lo real, la idea de un lugar oculto es insano” (pág. 202). Lo que se oculta es la verdad. Es impensable eso de los lugares ocultos dice Lacan, pues si alguien destina un lugar para esto, uno mismo puede acceder a dicho lugar. Mientras la verdad, es otra cosa, en la historia corresponde al mensaje que contiene la carta y cuyo significado pertenece solo a quien está dirigida. Por eso, Dupin al cobrar su recompensa y retornar la carta a donde pertenecen, evade caer en ese poder que embargó al ministro D con su posesión sobre dicho documento.
El psicoanalista.
Hay que recordar en la historia como Dupin descifró la manera de pensar del ministro. Traigo a colación a Miller para la aclaración de este punto, con la cita de su texto “la era del hombre sin atributos” donde dice lo siguiente: “El arte del análisis reside en que, en el contexto de la sesión analítica, cada palabra entrañe múltiples significaciones, que el analista tenga como disciplina saber que no sabe lo que el paciente dice, que tiene que aprender su lengua, el uso único que éste hace de ella” (pág. 12).
Es decir, el psicoanalista entiende que cada sujeto es un caso único. Que la singularidad que cada sujeto trae a la entrevista analítica no es ni medible, ni sondeable, ni encontrable con ningún aparato tecnológico ni metodología rigurosa preestablecida. Que se establece un proceso de aprendizaje y de enseñanza en el cual el analista al aprender el lenguaje del sujeto, es capaz de enseñarle lentamente a escucharse a sí mismo para así acceder a su singularidad. Que no basta con tener la descripción visual de su carta, es necesario saber lo que esta es. Más aún, hay que abandonar la idea de sus características visuales, pues la imagen nada tiene que ver con el inconsciente y la verdad del sujeto, a lo que solo se llega a través de su palabra.
Pues en últimas, la palabra como formadora del inconsciente y de la subjetividad del analizante, “es la materia del alma” – como dice José María Álvarez al mencionar eso que Freud comprendió sobre el lenguaje del paciente. Por este motivo la práctica analítica dentro de la edificación freudiana, se basa en el respeto de la singularidad del sujeto. Tendiéndole una mano que podría llevarle a la recuperación de su carta y su mensaje y, que al no pretender quedarse con ella, llevaría así al sujeto a saber sobre su verdad.
Bibliographía.
Freud, S. (2001). Sigmund Freud Obras Completas IV. La Interpretación de los Sueños (primera parte) (1900). Amorrortu Editores.
Lacan, J. (1981). The Four Fundamental Concepts of Psychoanalysis. The Seminar of Jacques Lacan / Book XI. Edited by Jacques-Alain Miller. Norton.
Lacan, J. (1991). The Ego in Freud’s Theory and in the Technique of Psychoanalysis (1954-1955). The Seminar of Jacques Lacan / Book II. Edited by Jacques-Alain Miller. Norton.
Miller, J.-A. (2006). La era del hombre sin atributos. Virtualia, Revista Digital de La EOL.


