Una época trastornada
Una mujer se dirige al encuentro, con quien le asistirá después del parto de su hijo, llamadas en el sistema alemán: “parteras”. Se trata de la segunda cita; la primera de una presentación formal y de llenado de casillas en los documentos protocolarios y, la segunda con fines preparativos para el nacimiento y posibles temas por resolver.
Un niño cercano a los siete años, que manifiesta su “deseo de estar afuera, de ver el mundo”, activo y alegre, pasa sus días entre la escuela y su familia. En los días soleados, como tal vez muchos lo harían, prefiere dejar de poner atención a sus tareas de la escuela y pasar un buen tiempo afuera jugando o simplemente algo más allá de lo que considera sus “obligaciones de la escuela”.
Un hombre y una mujer, que han decidido acompañarse en sus vidas. Cada uno orientado desde que los mueve en sus seres. Él desde su amor por la cocina y el trabajo la así llamada “alta cocina” y, ella, desde los libros y el amor por la investigación.
Estos tres relatos, los primeros dos en Alemania y, el tercero en España, tienen algo en común: el diagnóstico de un trastorno X.
La mujer, en sus últimas semanas de gestación, transmite a la partera “cierta angustia por el proceso de parto, debido a los dolores de su primera experiencia”. Tras 45 minutos, de un segundo encuentro que en realidad tiene por fin más el protocolo que cualquier otra cosa, la partera diagnóstica a la mujer con “trastorno por estrés postraumático”.
Por encontrarse tan cercana al parto, se le brinda la posibilidad a la mujer de ser tratada con “un medicamento inofensivo para el bebe, que ayudará a atravesar el proceso de parto. Ya que, en tan poco tiempo, no será posible acceder a una psicoterapia en el sistema de salud” – donde seguramente también se llegaría a la medicalización, pre y postparto.
Para el niño, quien dice que “algunas materias de estudio en la escuela se le ha convertido en algo aburrido” y, parece más interesarse por los vecinos de las otras clases que se “divierten afuera en la clase de deportes”, una maestra recomienda a su “madre conseguirle un psiquiatra o algún tipo de psicoterapia, pues es posible que tenga un trastorno”.
La pareja, tras toparse con la imposibilidad biológica de concebir familia, consiguen ser diagnosticados para darse de baja de sus trabajos, – uno de ellos inicialmente y semanas después el otro, cuando empezó a experimentar los mismos signos-, “con un posible trastorno, un problema en una amígdala, que le estaría causando ansiedad y depresión”. Se dan de baja de sus trabajos un par de semanas, e inician “con un medicamento de manera indefinida y, estar atentos a los nuevos desarrollos para ver si encuentran una cura”.
La palabra trastorno, se ha convertido en un significante de una circulación tan rápida, por lo menos en Alemania que es el contexto que mejor conocemos, que incluso en la radio, por anteponer la palabra ciencia antes de usar dicho significante, se le da al oyente una prueba de validez de aquello de lo que habla la persona en la emisión.
Para seguir el ejemplo de la radio, se trata de alguien que hablaba sobre “trastornos alimenticios”, “que ahora son más manejables con un nuevo producto que permitía potencializar el entrenamiento deportivo mientras se sentía la necesidad de comer menos. Científicamente comprobado”.
Algo similar a lo que diría Jacques-Alain Miller en su seminario Piezas sueltas sobre el concurso de abogados mencionado en dicho seminario: “[…] pues bien, a esos abogados se les dice de entrada si deben estar a favor o en contra, y luego ellos comienzan, ponen en marcha la máquina de hablar”(1).
Así pues, rayando con lo ridículo, desde la partera que se autoriza a diagnosticar y a recomendar medicamentos para la “angustia”, seguramente por ser parte del sistema de salud; la maestra que termina por angustiar a la madre del niño que, según ella, seguramente sufre de un trastorno; hasta la pareja que entra en los paliativos para la depresión, vamos viendo como el significante se va extendiendo con diagnósticos tirados a dos manos.
La mujer embarazada, nos dice, “responde a la partera que por suerte se encuentra en un análisis riguroso hace varios años y, que su medicina, no es otra cosa que la palabra”. Dice además que, si ha mencionado el tema de su angustia, “fue solo para obtener información sobre alternativas al parto natural”.
La madre angustiada por el “posible trastorno” diagnosticado por la maestra, se “andaba pensando seriamente eso de buscarle una ayuda a su hijo”, le han recomendado acercarse a los métodos llamados normales; que podrían terminar en medicalización o, con “estrategias de educación conductual”. Estos últimos, entre otras, convertidos en los grandes asesores de algunas clínicas alemanas en sus dependencias psiquiátricas. Coaching clínico.
Veremos lo que un rápido paso por lo que el significante trastorno puede decirnos. Producto de un manual de clasificación, cuyo propósito según Martin Egge, es “la clasificación internacional de los síndromes y de los trastornos psíquicos del comportamiento de la OMS (ICD -10)” (…) “para poder ser utilizados a nivel mundial de manera que sea posible confrontar los datos estadísticos” (2).
En el cual, en su más reciente versión, DSM-5, dice José María Álvarez, “propicia una perspectiva continuista y elástica, de manera que los trastornos se extienden como una plaga, cual espectros cuyos límites resulta imposible delinear” (3).
Éric Laurent, en su libro, La batalla del autismo, de la clínica a la política, menciona las palabras de Allen J. Frances a N. Aizenman en conexión con lo anteriormente citado. Frances, presidente del comité que había confeccionado el DSM-IV dice sobre dicho manual que: “Las implicaciones van más lejos de todo lo que se pueda usted imaginar…Añades un nuevo síndrome y de repente decenas de millones de personas que hasta entonces no tienen ningún diagnóstico se despertaran con él, y verán publicidades en la televisión o en las revistas que les incitan a tomar medicamentos […] Y en vez de yugular este problema, el DSM-5 abrirá las compuertas todavía más” (4).
Se va viendo como al diagnóstico, como dice José María Álvarez, […] “tanto se lo ha desvirtuado que parece banal”. Llegando a tener efectos negativos, sobre los cuales menciona dos: “El primero alude al sometimiento que todo diagnóstico ejerce sobre un sujeto por el mero hecho de ser incluido en una clasificación de enfermedades. El segundo se refiere a la exigencia de normalidad que implica todo diagnóstico, una normalidad caprichosa y cambiante, cierto, pero convertida en todo un referente con el que debemos compararnos” (5).
Normalidad, que en algún tiempo era definida por los monarcas, quienes decían quienes eran o no normales y, que después se fue dejando en manos de otras instituciones. Algo que se puede leer en las palabras de Éric Laurent , quien dice que, “en efecto, el DSM no es un sistema clasificatorio como cualquier otro, ya que condiciona el modo en que las compañías de seguros se tienen que hacer cargo de los tratamientos. Lo que es más, es empleado por la justicia como texto de orientación, en especial para decretar hospitalizaciones psiquiátricas forzadas” (6).
Es decir, teníamos un contexto en el cual lo patológico se presentaba como excepción a lo normal, sobre lo cual dice José María Álvarez que, “sin embargo, con el paso de los años y bajo la presión del negocio de las enfermedades mentales, lo patológico ganó tanto terreno que lo normal acabó convirtiéndose en anómalo y excepcional” (…) “Cuando se mira a la gente corriente como potenciales consumidores de psicofármacos, el diagnóstico de enfermedad mental se convierte en la puerta de entrada a un provechoso negocio” (7).
El mismo Allen Frances (8), citado por José María Álvarez en su obra Estudios de psicología patológica, antes de la publicación del DSM-5, molesto con el nuevo proyecto y dedicado a criticarlo, salió a reconocer que junto a su grupo de trabajo, habían causado “tres falsas epidemias”.
“Nuestro panel se esforzó por ser prudente y cauteloso, pero sin darse cuenta contribuyó a la aparición de tres falsas «epidemias»: el trastorno por déficit de atención, el autismo y el trastorno bipolar infantil. Es evidente que nuestra red se extendió demasiado y capturó a muchos «pacientes» a quienes les habría ido mucho mejor si nunca hubieran entrado en el sistema de salud mental” (8).
Tenemos pues como dice José María Álvarez, “para que la gente corriente consuma psicofármacos a manos llenas, lo primero es convertirla en enferma. Eso requiere, en primer lugar, de una clasificación de enfermedades generosa con lo patológico, de manera que cuantos más trastornados haya, mayor es el negocio” (9).
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Bibliografía:
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Jacques-Alain Miller, Piezas sueltas, Buenos Aires, Paidós, 2013.
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Martin Egge, El tratamiento del niño autista, Barcelona, Gredos, 2008.
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José María Álvarez, Estudios de psicología patológica, Barcelona, Xoroi Edicions, 2017.
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Éric Laurent, La batalla del autismo, de la clínica a la política, Buenos Aires, Grama, 2013.
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José María Álvarez, Estudios de psicología patológica, Barcelona, Xoroi Edicions, 2017.
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Éric Laurent, La batalla del autismo, de la clínica a la política, Buenos Aires, Grama, 2013
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José María Álvarez, Estudios de psicología patológica, Barcelona, Xoroi Edicions, 2017.
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Allen Frances, »It’s not too late to save ‘normal’«, Los Angeles, Los Angeles Times, 2010.
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José María Álvarez, Estudios de psicología patológica, Barcelona, Xoroi Edicions, 2017.


